Interpoetica - Juan Melendez Valdes

Juan Melendez Valdes

A mis Lectores

    No con mi blanda lira
Serán en ayes tristes
Lloradas ls fortunas
De reyes infelices;
    Ni el grito del soldado,
Feroz en crudas lides;
o el trueno con que arroja
La bala elo bronce horrible.
    Yo tiemblo y me estremezco;
Que el numen no permite 
A el labio temeroso
Canciones tan sublimes.
    Muchacho soy y quiero
Decir más apacibles
Querellas; y gozarme
Con danzas y convites.
    En ellos coronado
De rosas y alelíes,
Entre rias y versos
Menudeo los brindis.
    En coros las muchachas
Se juntan por oírme;
Y al punto mis cantares
Con nuevo ardor repiten.
    Pues baco y el de Venus
Me dieron, que felice
Celebre en dulces himnos
Sus glorias y festines.

Soneto I

El despecho

Los ojos tristes, de llorar cansados,
alzando al cielo, su clemencia imploro;
mas vuelven luego al encendido lloro,
que el grave peso no los sufre alzados;

mil dolorosos ayes desdeñados
son, ¡ay!, trasunto de la luz que adoro;
y ni me alivia el día, ni mejoro
con la callada noche mis cuidados.

Huyo a la soledad, y va conmigo
oculto el mal, y nada me recrea;
en la ciudad en lágrimas me anego

aborrezco mi ser; y aunque maldigo
la vida, temo que la muerte aun sea
remedio débil para tanto fuego.

Soneto XX

La Fuga Inutil

Tímido corzo, de cruel acero
el regalado pecho traspasado,
ya el seno de la hierba emponzoñado,
por demás huye del veloz montero; 

en vano busca y el agua y el ligero
cuerpo revuelve hacia el doliente lado;
cayó y se agita, y lanza congojado
la vida en un bramido lastimero.

Así la flecha al corazón clavada,
huyó en vano la muerte, revolviendo
el ánima a mil partes dolorida;

crece el veneno, y de la sangre helada 
se va el herido corazón cubriendo 
y el fin se llega de mi triste vida. 

Odas Anacreonticas

Oda VI

A Dorila 

    ¡Cómo se van las horas,
Y tras ellas los días,
Y los floridos años
De nuestra frágil vida!
    La vejez luego viene
Del amor enemiga,
Y entre fúnebres sombras
La muerte se avecina:
    Que escuálida y temblando, 
Fea, informe, amarilla,
Nos aterra, y apaga
Nuestros fuegos y dichas.
    El cuerpo se entorpece,
Los ayes nos fatigan,
Nos huyen los placeres,
Y deja la alegría.
    Si esto, pues, nos aguarda,
¿Para que, mi Dorila,
Son los floridos años
De nuestra frágil vida?
    Para juegos y bailes,
Y cantares y risas
Nos los dieron los cielos,
Las gracias los destinan.
    Ven, ¡ay! ¿Qué te detienes?
Ven, ven, paloma mía,
Debajo de estas parras,
Do lene el viento aspira,
     Y entre brindis suaves
Y mimosas delicias,
De la niñez gocemos,
Pues vuela tan aprisa.

Oda XVIII

   Las zagalas e dicen:
¿Cómo siendo tan niño,
Tanto, Batilo, cantas
De amores y de vino?
    Yo voy a responderles;
Mas luego de improviso
Me vienen nuevos versos
De Baco y de Cupido.
    Porque las dos deidades,
Sin poder resistirlo,
Todo mi pecho, todo
Tienen ya poseído.

Soneto XI

Las Armas del Amor

De tus doradas hebras, mi señora,
Amor formó los lazos para asirme
de tus lindos ojuelos, para herirme,
las flechas y la  llama abrasadora.

Tu dulce boca, que el carmín colora,
su púrpura le dio para rendirme;
tus manos, si al encanto quise huirme,
nieve que en fuego se  me vuelve ahora.

Tu voz süave, tu désden fingido
y el albo seno do el placer se anida,
pábula añaden al ardor primero.

amor con tales armas me ha rendido:
¡Ay armas celestiales!, ¡ay mi vida!
Yo soy, yo quiero ser tu prisionero.





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